—¿Qué sabe él?—Bien sabes que él te quiere, que es nuestro mejor amigo.

—Pero ¿por qué dice que no soy feliz? ¿En qué lo conoce?...

—No lo sé; yo no lo había notado, lo confieso, pero ya me voy inclinando a su parecer. Estas escenas nocturnas....

—Son los nervios, Quintanar.

—Pues guerra a los nervios ¡caracoles!

—Sí...—Nada; fallo; que debo condenar y condeno esta vida que haces, y desde mañana mismo otra nueva. Iremos a todas partes y, si me apuras, le mando a Paco o al mismísimo Mesía, el Tenorio, el simpático Tenorio, que te enamoren.

—¡Qué atrocidad!...—¡Programa!—gritó don Víctor—: al teatro dos veces a la semana por lo menos; a la tertulia de la Marquesa cada cinco o seis días, al Espolón todas las tardes que haga bueno; a las reuniones de confianza del Casino en cuanto se inauguren este año; a las meriendas de la Marquesa, a las excursiones de la high life vetustense, y a la catedral cuando predique don Fermín y repiquen gordo. ¡Ah! y por el verano a Palomares, a bañarse y a vestir batas anchas que dejen entrar el aire del mar hasta el cuerpo... ea, ya sabes tu vida. Y esto no es un programa de gobierno, sino que se cumplirá en todas sus partes. La Marquesa, don Robustiano y Paquito me han prometido ayudarme, y Visitación, que estaba en la platea de Páez, también me dijo que contara con ella para sacarte de tus casillas.... Sí, señora, saldremos de nuestras casillas. No quiero más nervios, no quiero que Frígilis diga que no eres feliz....

—¿Qué sabe él?—Ni quiero llantos que me quitan a mí el sueño. Cuando lloras sin saber por qué, hija mía, me entra una comezón, un miedo supersticioso.... Se me figura que anuncias una desgracia.

Ana tembló, como sintiendo escalofríos.

—¿Ves? tiemblas; a la cama, a la cama, ángel mío; todos a la cama; yo me estoy cayendo.