Bostezó don Víctor y salió del gabinete después de depositar un casto beso en la frente de su mujer.

Entró en su despacho. Estaba de mal humor. «Aquella enfermedad misteriosa de Ana—porque era una enfermedad, estaba seguro—le preocupaba y le molestaba. No estaba él para templar gaitas: los nervios le eran antipáticos; estas penas sin causa conocida no le inspiraban compasión, le irritaban, le parecían mimos de enfermo; él quería mucho a su mujer, pero a los nervios los aborrecía.... Además en el teatro había tenido una discusión acalorada: un majadero, un sietemesino que estudiaba en Madrid, había dicho que el teatro de Lope y de Calderón no debía imitarse en nuestros días, que en las tablas era poco natural el verso, que para los dramas de la época era mejor la prosa. ¡Imbécil! ¡que el verso es poco natural! ¡Cuando lo natural sería que todos, sin distinción de clases, al vernos ultrajados prorrumpiéramos en quintillas sonoras! La poesía será siempre el lenguaje del entusiasmo, como dice el ilustre Jovellanos. Figurémonos que yo me llamo Benavides y que Carvajal quiere quitarme la honra

a obscuras, como el ladrón
de infame merecimiento;

pues ¿dónde habrá cosa más natural que incomodarme yo, y exclamar con Tirso de Molina (representando):

A satisfacer la fama
que me habéis hurtado vengo:
mi agravio es león que brama;
un león por armas tengo,
y Benavides se llama.
De vuestros torpes amores
dará venganza a mi enojo,
mostrando a mis sucesores
la nobleza de un león rojo
en sangre de dos traidores...?».

Don Víctor se fijó en un velador, que era Carvajal, y ya iba a concederle la palabra, para que dijese en son de disculpa:

Desde que sois mi cuñado
ni de palabras me afrento..., etc.,

cuando vio con espanto sobre el mueble los restos de su herbario, de sus tiestos, de su colección de mariposas, de una docena de aparatos delicados que le servían en sus variadas industrias de fabricante de jaulas y grilleras, artista en marquetería, coleccionador, entomólogo y botánico, y otras no menos respetables.

—¡Dios mío! ¡qué es esto!—gritó en prosa culta—¿quién ha causado esta devastación...? ¡Petra! ¡Anselmo!—y se colgó del cordón de la campanilla.

Entró Petra sonriente.—¿Qué ha sido esto?—Señor, yo no he sido.... Habrán entrado los gatos.