—¡Cómo los gatos! ¿Por quién se me toma a mí?

Don Víctor alborotaba pocas veces; pero si se tocaba a los cacharros de su museo, como él llamaba aquella exposición permanente de manías, se transformaba en un Segismundo. En efecto, sin darse cuenta de ello, comenzó a parodiar a Perales a quien acababa de ver dando patadas en la escena y gritando como un energúmeno.

—¡A ver, Anselmo! que venga Anselmo que le voy a tirar por el balcón si no me explica esto.

Anselmo compareció. Tampoco había sido él.

En medio de su cólera vio Quintanar en un rincón la trampa de los zorros, despedazada, inservible.

—¡Esto más! ¡Vive Dios! Yo que iba a dar en cara a Frígilis.... ¡Pero, señor, quién anduvo aquí!

Acudió Ana, porque llegó a su cuarto el ruido.

Lo explicó todo.—Pero tú, Petra—añadió—¿por qué no le has dicho la verdad al señor?

—Señora, yo... no sabía si debía....

—¿Si debías qué?—preguntó don Víctor con expresión de no comprender.