Es de advertir que el tono de broma en que estas palabras fuertes se decían les quitaba toda gravedad y aire de ofensa. En Vetusta el buen humor consiste en soltarse pullas y frescas todo el año, como en perpetuo Carnaval, y el que se enfada desentona y se le tiene por mal educado.
—Es que yo—gritó el ex-alcalde—mato un canónigo como un mosquito....
—Ya lo supongo; con alguna calumnia. Venga usted acá, viborezno libre-pensador, Voltaire de monterilla, Lutero con cascabeles; según ese disparatado modo de pensar que usa vuecencia, también se podrá asegurar lo que dice el vulgo de los préstamos del Magistral al veinte por ciento.
—Non capisco—respondió el ex-alcalde, que sabía italiano de óperas.
—Sí me entiende usted, pero hablaré más claro. ¿No es usted otro libelo infamatorio con lengua y pies—que viera yo cortados—de los muchos que sacrifican la honra del Magistral? Pues si don Santos le maldice porque le roba los parroquianos de su tienda de quincalla, usted le aborrecerá por lo de la usura; ¿quién es tu enemigo?
—Poco a poco, señor Ripamilán, que se me sube el humo a las narices.
—Dirá usted que se le baja, porque lo tiene usted en lugar de sesos.
—¡Me ha llamado usted usurero!
—Eso; clarito.—Yo empleo mi capital honradamente, y ayudo al empresario, al trabajador; soy uno de los agentes de la industria y recojo la natural ganancia.... Estas son habas contadas; y si estos curas de misa y olla que ahora se usan, supieran algo de algo, sabrían que la Economía política me autoriza para cobrar el anticipo, el riesgo y, cuando hay caso, la prima del seguro....
—Del seguro se va usted, señor economista cascaciruelas....