—¿No dice a qué viene?
—No ha dicho nada más.—Pues que pase. Petra se presentó sola en el despacho, vestida de negro, con el pelo de azafrán sobre la frente, sin rizos ni ondas, con los ojos humillados, y con sonrisa dulce y candorosa en los labios.
El Magistral la reconoció. Era una joven que se había obstinado en confesar con él y que lo había conseguido a fuerza de tenacidad y paciencia; pero después había tenido que desairarla varias veces, para que no le importunase. Era de las infelices que creen los absurdos que la calumnia propala para descrédito de los sacerdotes. Confesaba cosas de su alcoba, se desnudaba ante la celosía entre llanto de falso arrepentimiento. Era hermosa, incitante; pero el Magistral la había alejado de sí, como haría con Obdulia, si las exigencias sociales no lo impidiesen.
Petra se presentó como si fuese una desconocida; como si persona tan insignificante debiera de estar borrada de la memoria de personaje tan alto. Tal vez en otras circunstancias no hubiera tenido buen recibimiento; pero al saber que venía de parte de doña Ana, sintió el clérigo dulce piedad, y perdonó de repente a aquella extraviada criatura sus insinuaciones vanas y perversas de otro tiempo. Fingió también no reconocerla.
Teresina los espiaba desde la sombra en el pasadizo inmediato. El Magistral lo presumía y habló como si fuera delante de testigos.
—¿Es usted criada de la señora de Quintanar?
—Sí, señor; su doncella.
—¿Viene usted de su parte?—Sí, señor; traigo una carta para Usía.
Aquel usía hizo sonreír al Provisor, que lo creyó muy oportuno.
—¿Y no es más que eso?