—No, señor.—Entonces...—La señora me ha dicho que entregara a Usía mismo esta carta, que era urgente y los criados podrían perderla... o tardar en entregarla a Usía.
Teresina se movió en el pasillo. La oyó el Magistral y dijo:
—En mi casa no se extravían las cartas. Si otra vez viene usted con un recado por escrito, puede usted entregarlo ahí fuera... con toda confianza.
Petra sonrió de un modo que ella creyó discreto y retorció una punta del delantal.
—Perdóneme Usía...—dijo con voz temblorosa y ruborizándose.
—No hay de qué, hija mía. Agradezco su celo.
Don Fermín estaba pensando que aquella mujer podría serle útil, no sabía él cuándo, ni cómo, ni para qué. Sintió deseos de ponerla de su parte, sin saber por qué esto podía importarle. También se le pasó por la imaginación decir a la Regenta que era poco edificante la conducta de aquella muchacha. Pero todo era prematuro. Por ahora se contentó con despedirla con un saludo señoril, cortés, pero frío. Cuando Petra iba a atravesar el umbral, ocupó la puerta por completo una mujer tan alta casi como el Magistral y que parecía más ancha de hombros; tenía la figura cortada a hachazos, vestía como una percha. Era doña Paula, la madre del Provisor. Tenía sesenta años, que parecían poco más de cincuenta. Debajo de un pañuelo de seda negro que cubría su cabeza, atado a la barba, asomaban trenzas fuertes de un gris sucio y lustroso; la frente era estrecha y huesuda, pálida, como todo el rostro; los ojos de un azul muy claro, no tenían más expresión que la semejanza de un contacto frío, eran ojos mudos; por ellos nadie sabría nada de aquella mujer. La nariz, la boca y la barba se parecían mucho a las del Magistral. Un mantón negro de merino ceñido con fuerza a la espalda angulosa, caía sin gracia sobre el hábito, negro también, de estameña con ribetes blancos. Parecía doña Paula, por traje y rostro, una amortajada.
Petra saludó un poco turbada. Doña Paula la midió con los ojos, sin disimulo.
—¿Qué quería usted?—preguntó, como pudo haberlo preguntado la pared.
Petra se repuso y, casi con altanería, contestó: