Fortunato ya había dado palabra de honor de ir a la solemne sesión de La Libre Hermandad. Esto y el ver allí a la de Páez, su más fiel devota, agravó el mal humor del Vicario. Le costó trabajo estar fino y cortés y lo consiguió gracias a la costumbre de dominarse y disimular. Visitación se complacía en adivinar la cólera del Provisor y le abrumaba a chistes, y le mareaba con aquel atolondramiento «que a él se le ponía en la boca del estómago».
—Pero, señoras mías—dijo De Pas—hablemos con formalidad un momento.
—¿Qué? ¿cómo se entiende? ¿quiere usted recoger velas, que se desdiga S. I.?
—Creo, que...—¡Nada, nada! La palabra es palabra. Nos vamos, nos vamos; ea, ea, conversación; no oigo nada.... Vamos, Olvido... no oigo... no oigo....
Por una especie de milagro acústico cada palabra de Visitación sonaba como siete; parecía que estaba allí perorando toda la junta de protectrices.
Se levantó y se dirigió a la puerta llevando como a remolque a la de Páez.
El Magistral protestó en vano: «Aquella sociedad la había fundado un ateo, era enemiga de la Iglesia...».
—No hay tal—gritó desde la puerta Visita—; si así fuera, no figuraríamos nosotras como damas agregadas.
—Yo lo soy—advirtió la de Páez—por empeño de esta que convenció a papá.
—Pero, señores, si La Libre Hermandad ha cantado ya la palinodia; si desde que ingresamos en ella nosotras, se acabó lo de la libertad y toda esa jarana....