—Tiene razón—se atrevió a decir el Obispo, a quien todavía engañaba el aturdimiento postizo de la del Banco—; tiene razón esa loquilla....

—¡No tiene tal!—gritó el Provisor, perdiendo un estribo por lo menos—. No tiene tal; y esto ha sido... una imprudencia.

Visita volvió la cara y sacó la lengua. «¡Cómo le trata!» pensó, envidiando a un hombre que osaba llamar imprudente al Obispo.

Las damas salieron: S. I. quedó corrido; y después de indicar al Magistral que las acompañara por los pasillos estrechos y enrevesados, se puso en salvo, encerrándose en el oratorio, para evitar explicaciones.

El Magistral no pensó en buscarle.

La de Páez iba con la cabeza baja. Temía también una reprensión del prebendado. Este aprovechó un momento en que Visita se detuvo para saludar a una familia que ella había recomendado al Obispo, y acercándose al oído de la joven dijo en tono de paternal autoridad:

—Ha hecho usted mal, pero muy mal en acompañar a esta... loca.

—Pero si me votaron...—Si usted no fuera de esa junta...—Papá espera a usted hoy a comer. Iba a escribirle yo misma, pero dese usted por convidado.

—Bueno, bueno; ¿no le gusta a usted oír las verdades?

—Lo que digo es que papá...—Pues hoy no puedo ir... a comer. Estoy convidado hace días... otro Francisco que... pero allá nos veremos dentro de una hora; en cuanto despache de prisa y corriendo....