—Benedicto XIV—continuó el Magistral—confirmó respecto de los solicitantes las penas impuestas por Sixto V y Gregorio XV... y, en fin, por donde quiera que se mire el asunto está usted perdido....
—Yo creía...—¡Creía usted mal, señor mío! Y si usted duda de mi palabra, ahí tiene usted en ese estante a Giraldi «Expositio juris Pontificii que en el tomo II, parte 1.º, trata la cuestión con gran copia de datos...».
El señor Peláez estaba acostumbrado al estilo del Provisor, que nunca era más erudito que al echar la zarpa sobre una víctima.
—Señor—se atrevió a decir Contracayes, algo amostazado y perdiendo mucha parte del miedo—; con la palabra de V. S. tengo ya bastante, y no es de los sagrados cánones de lo que me quejo, sino de mi mala suerte que me hizo resbalar y caer donde otros muchos, muchísimos que conozco resbalan pero no caen.
El Magistral se volvió de pronto, como si le hubiesen mordido en la espalda.
—¡Salga usted de aquí, señor insolente, y no me duerma usted en Vetusta!...—gritó.
—Pero, señor...—¡Silencio digo! silencio y obediencia o duerme usted en la cárcel de la corona....
Y el Magistral descargó un puñetazo formidable sobre la mesa-escritorio.
—¡Pues para este viaje no necesitábamos alforjas!—gritó Contracayes, no menos furioso, volviéndose al consternado Peláez, que no había previsto aquel choque de dos malos genios.
—Pero, señores, calma...—¡Fuera de aquí, so tunante!—gritó el Magistral terciando el manteo, descomponiéndose contra su costumbre...—. ¡Desgraciado de ti! Date por perdido, mal clérigo....