—¿Pero yo qué he dicho, señor?—exclamó el párroco, que se asustó un poco ante la actitud de aquel hombre, en quien reconocía la superioridad moral de un Júpiter eclesiástico.

En cuanto conoció que su autoridad se acataba, De Pas fue amansando el oleaje de su cólera; y al fin, pálido, pero con voz ya serena:

—Salga usted—dijo señalando a la puerta—, salga usted... libre por ser un loco... pero ni dos horas permanezca en la ciudad, ni hable con alma viviente de lo ocurrido aquí... y en cuanto a su crimen execrable, yo me entenderé, sin necesidad de ver a usted, con el señor Peláez, y él le comunicará lo que resolvamos.

El clérigo quiso humillarse, pedir perdón....

—Salga usted inmediatamente. Salió. Peláez temblando y lívido se atrevió a decir:

—¡Cuánto siento!... señor Magistral....

—No sienta usted nada. Han venido ustedes en mal día. Estoy nervioso. Quise asustarle, imponerle respeto por el terror... y no conté con mi mal humor; me he exaltado de veras, me he dejado llevar de la ira....

—¡Oh, no, eso no! él sí que es un animal, un salvaje....

—Sí, es un salvaje... pero por lo mismo debí tratarle de otro modo.

—Lo que yo no perdono es el disgusto....