—Deje usted, deje usted; hablaremos de ese bribón... otro día. Hoy no puedo... hoy... me sería imposible prometer a usted suavizar los rigores de la ley que está terminante.

—Sí, ya sé... pero, como nunca se aplica....

—Porque no hay pruebas... como ahora. Y alguna vez se ha de empezar. En fin, ya digo que hablaremos.... Necesito estar solo....

Salió también Peláez y De Pas, entonces a solas con su pensamiento, dejó que le subiera al rostro la sangre amontonada por la vergüenza...

«¡Qué degradación!» pensó; y se puso a dar paseos por el despacho, como una fiera en su jaula.

Cuando se sintió más sereno, tocó un timbre. Entró un joven alto, tonsurado, pálido y triste, tísico probablemente. Era un primo del Magistral que hacía allí veces de secretario.

—¿Qué habéis oído?

—Voces; nada.—El cura de Contracayes, que es un salvaje....

—Sí, ya sé...—¿Qué hay?—Nada urgente.—¿De modo que puedo irme? No me necesitáis....

—No; hoy no.—Bueno, pues me voy... me duele la cabeza... no estoy para nada.... Pero no se lo digas a mi madre.... Si sabe que dejé el despacho tan pronto... creerá que estoy enfermo....