El Magistral de pies, en el umbral de una puerta, con una colgadura de terciopelo cogida y arrugada por su blanca mano, se inclinaba con gracia, sonreía, y movía la cabeza pequeña y bien torneada diciendo: no con el gesto... con cierta coquetería epicena.
—¡Anda, papá! sujétale—decía Olvido con voz suplicante, arrastrando las sílabas que parecían salir de la nariz.
—Imposible.—Es muy terco, hija, déjale... no quiere que le agradezcamos la licencia del oratorio y el permiso para doblar la misa para don Anselmo.
—Agradézcaselo usted a Su Santidad.
—Sí, que por mi cara bonita me entrega Su Santidad esta gracia....
El Magistral sonreía, dispuesto a escapar si querían asirle.
—Pero, vamos a ver, una razón, dé usted una razón—gritó Olvido, otra vez restituida a su natural frigorífico.
El Magistral se puso un poco encarnado.
Tuvo que mentir.—Estoy convidado en casa de otro Francisco hace tres días; no puedo faltar, sería un desaire... ya sabe usted lo que son estos pueblos... qué dirían....
No había tal cosa. Nadie le había convidado a comer. Le esperaba su madre como todos los días.