Sin embargo, al negarse a aceptar aquel convite espontáneo y cordial, que en cualquier otra ocasión le hubiera halagado, obedecía a un presentimiento. No sabía por qué se le figuraba que le iban a convidar en casa de Vegallana, última visita que pensaba hacer. ¿Por qué le habían de convidar? Además allá comían a la francesa, aunque doña Rufina solía cambiar las horas y comer a la que se le antojaba. De todas suertes, los días de Paquito Vegallana no solían celebrarlos con gaudeamus, ni él estaba invitado ni... con todo... dejó aquella visita para última hora. Y ¿por qué había de preferir la mesa de los marqueses a la de Páez, no menos espléndida? Aunque quiso rehuir la contestación a esta pregunta capciosa, la conciencia se la dio como un estallido en los oídos, antes que pudiera él preparar una mentira. «Es que la Regenta come a veces con los marqueses, especialmente en días como este, porque a ella la miran como una de la familia».
«¿Y qué le importaba a él ni la familia, ni la Regenta, ni la comida de los marqueses?».
Después de visitar a otros dos Pacos de importancia y a una Paca beata, el Magistral, con un tantico de hambre, de hambre sana, entró por los pórticos de la plaza Nueva en la calle de Los Canónigos, atravesó la de Recoletos y llegó a la de la Rúa, y al portero del marqués de Vegallana, que era un enano vestido con librea caprichosa, le preguntó con voz temblorosa:
—¿Está el señorito?
En aquel momento se abría la puerta del patio con estrépito y sonaban dentro carcajadas. El Magistral reconoció la voz de Visita que gritaba:
—¡Pues no señor! no son azules....
—Sí, señora, azules con listas blancas—respondía Paco, batiendo palmas.
—¿A que no? ¿a que no?
—Tonta, tonta—decía otra voz más suave desde una ventana del primer piso—no le creas; si no se ha visto nada... si estaba yo más abajo y no vi nada....
Esta voz era la de Ana Ozores. Al Magistral le zumbaron los oídos... y entró en el patio.