—Tres metros y medio—dijo el Marqués que llegó a tiempo de dar la medida exacta del batacazo posible, a ojo, como él hacía siempre los cálculos geométricos.

El caso es que ni don Víctor, ni Paco, ni Orgaz podían por su propia industria arbitrar modo de subir a la altura de aquel madero y librar a Obdulia.

—Tuvo la culpa Paco—decía Visitación, ceñidas con una cuerda las piernas, por encima del vestido—. Empujó demasiado fuerte, para que se cayera Saturno y, ¡zas! subió la barquilla allá arriba y al bajar... se enganchó en ese palo.

Obdulia no se movía, pero gritaba sin cesar.

—No grites, hija—decía la Marquesa, que ya no la miraba por no molestarse con la incómoda postura de la cabeza echada hacia atrás—; ya te bajarán....

Probó el Marqués a encaramarse sobre una escalera de mano de pocos travesaños, que servía al jardinero para recortar la copa de los arbolillos y las columnas de boj. Pero el Marqués, aun subido al palo más alto no llegaba a coger la barquilla del columpio, de modo que pudiera hacer fuerza para descolgarla.

—Que llamen a Diego... a Bautista...—decía la Marquesa.

—¡Sí, sí; que venga Bautista!...—gritaba Obdulia recordando la fuerza del cochero.

—Es inútil—advirtió el Marqués—. Bautista tiene fuerza pero no alcanza; es de mi estatura... no hay más remedio que buscar otra escalera....

—No la hay en el jardín...—Sabe Dios dónde parecerá...