—¡Por Dios! ¡por Dios!... que ya me mareo, que me caigo de miedo.
Entonces don Álvaro, a quien Ana había dirigido una mirada animadora y suplicante, se decidió. Rato hacía que se le había ocurrido que él, gracias a su estatura, podría coger cómodamente la barquilla y arrancarla de sus prisiones... pero ¿qué le importaba a él Obdulia? Podía hacer una figura ridícula, mancharse la levita. La mirada de Ana le hizo saltar a la escalera. Por fortuna era ágil. La Regenta le vio tan airoso, tan pulcro y elegante en aquella situación de farolero como paseando por el Espolón.
—¡Bravo! ¡bravo!—gritaron Edelmira y Paco al ver los brazos del buen mozo entre los palos de la barquilla del columpio.
—¡No me tires! ¡No me tires!—gritó Obdulia que sintió las manos de su ex-amante debajo de las piernas. Visita le dio un pellizco a Edelmira a quien ya tuteaba. La chica se fijó en la intención del pellizco porque se había fijado en el tratamiento. ¡Le había llamado de tú!
—Esté usted tranquila; no va con usted nada—respondió don Álvaro... ya arrepentido de haber cedido al ruego tácito de Anita.
Empleaba largos preparativos para colocar los brazos de modo que hiciera la fuerza suficiente para levantar el columpio a pulso.... Al intentar el primer esfuerzo, que desde luego reputó inútil, pensó en la cara que estaría poniendo el Magistral.
—¡Aúpa!...—gritó abajo Visitación para mayor ignominia.
—¡No puede usted, no puede usted!... ¡no lo mueva usted, es peor!... ¡Me voy a matar!—gritó la Fandiño.
Los demás callaban.—¡Estate quieta!—dijo en voz baja, ronca y furiosa don Álvaro, que de buena gana la hubiera visto caer de cabeza.
E intentó el segundo esfuerzo sin fortuna.