Aquello no se movía. Sudaba más de vergüenza que de cansancio. Un hombre como él debía poder levantar a pulso aquel peso.

—Deje usted, deje usted, a ver si Bautista—dijo la Marquesa—... ¡demonio de chicos!

—Bautista no alcanza—observó otra vez el Marqués—. Otra escalera... que vayan a las cocheras.... Allí debe de haber....

Don Álvaro dio el tercer empujón.... Inútil. Miró hacia abajo como buscando modo de librarse de parte del peso. En el otro cajón, debajo de sus narices, en actitud humilde y ridícula, vio a don Saturnino en cuclillas, inmóvil, olvidado por todos los presentes. Mesía no pudo menos de sonreír, a pesar de que le estaban llevando los demonios. Con deseos de escupirle miró a Bermúdez, que le sonreía sin cesar, y dijo con calma forzada:

—¡Hombre! ¡pues tiene gracia! ¿Ahí se está usted? ¿usted se piensa que yo hago juegos de Alcides y se me pone ahí en calidad de plomo?...

Carcajada general.—Sí, ríanse ustedes—clamó Obdulia—pues el lance es gracioso.

—Yo...—balbuceó Bermúdez—usted dispense... como nadie me decía nada... creí que no estorbaba... y además... creía que al bajarme... pudiese empeorar la situación de esa señora... alguna sacudida.

—¡Ay, no, no! no se baje usted—gritó la viuda con espanto.

—¿Cómo que no?—rugió furioso don Álvaro—. ¿Quiere usted que yo levante este armatoste con los dos encima y a pulso?

—Es... que... yo no veo modo... si no me ayudan... está tan alto esto....