—Una vara escasa—advirtió el Marqués.
Paco tomó en brazos a don Saturno y le sacó del cajón nefando.
—Ahora—dijo—nosotros te ayudaremos, empujando desde aquí abajo....
—Eso es inútil—observó el Magistral con una voz muy dulce—; como el madero aquel se ha metido entre los dos palos de la banda... si no se alza a pulso todo el columpio... no se puede desenganchar.
—Es claro—bramaba desde arriba el otro; y probó otra vez su fuerza.
Pero Bermúdez pesaba muy poco por lo visto, porque don Álvaro no movió el pesado artefacto.
El elegante se creía a la vergüenza en la picota, y de un brinco, que procuró que fuese gracioso, se puso en tierra. Sacudiendo el polvo de las manos y limpiando el sudor de la frente, dijo:
—¡Es imposible! Que se busque otra escalera.
—Ya podía estar buscada...—Si yo alcanzase...—insinuó entonces el Magistral, con modestia en la voz y en el gesto.
—Es verdad, dijo la Marquesa, usted es también alto.