—Sí llega, sí llega—gritó Paco, que quiso verle hacer títeres.

—Sí, alcanza usted—concluyó Vegallana padre—. Como tenga usted fuerza.... Y aquí nadie le ve.

Lo difícil era subir a lo alto de la escalera sin hacer la triste figura con el traje talar.

—Quítese usted el manteo—observó Ripamilán.

—No hace falta—contestó De Pas, horrorizado ante la idea de que le vieran en sotana.

Y sin perder un ápice de su dignidad, de su gravedad ni de su gracia, subió como una ardilla al travesaño más alto, mientras el manteo flotaba ondulante a su espalda.

—Perfectamente—dijo metiendo los brazos por donde poco antes había introducido los suyos Mesía.

Aplausos en la multitud. Obdulia comprimió un chillido de mal género.

Doña Petronila, extática, con la boca abierta, exclamó por lo bajo:

—¡Qué hombre! ¡Qué lumbrera!