—¡Chico apestas!... ¿qué has bebido?
Don Fermín irguió la cabeza y miró al Obispo sorprendido y ceñudo.
—¿Que apesto? ¿por qué?
—A bebida hueles... no sé a qué... a ron... qué sé yo.
De Pas encogió los hombros dando a entender que la observación era impertinente y baladí. Se apartó de la mesa.
—A propósito. ¿Por qué no has avisado a tu madre?
—¿De qué?—De que comías fuera...—¿Pero usted sabe?...—Ya lo creo, hijo mío. Dos veces estuvo aquí Teresina de parte de Paula; que dónde estaba el señorito, que si había comido aquí. No, hija, no; tuve que salir yo mismo a decírselo. Y a la media hora, vuelta. Que si le había pasado algo al señorito, que la señora estaba asustada; que yo debía de saber algo....
El Magistral se paseaba por el gabinete y pisaba muy fuerte; disimulaba mal su impaciencia, su mal humor, tal vez no pretendía siquiera disimularlos.
—Yo—continuó Fortunato—les dije que no se apurasen; que habrías comido en casa de Carraspique, o en casa de Páez; como los dos están de días.... Y eso habrá sido, ¿verdad? ¿Con Carraspique habrás comido?
—¡No, señor!—¿Con Páez?—¡No, señor! ¡Mi madre... mi madre me trata como a un niño!