—Te quiere tanto, la pobrecita...—Pero esto es demasiado....
—Oye—exclamó el Obispo dejando de leer pruebas—¿de modo que aún no has vuelto a casa?
El Magistral no contestó; ya estaba en el pasillo. De lejos había dicho:
—Hasta mañana;—y había cerrado detrás de sí la puerta del gabinete con más fuerza de la necesaria.
—Tiene razón el muchacho—se quedó pensando el Obispo que trataba al Magistral como un padre débil a un hijo mimado—. Esa Paula nos maneja a todos como muñecos.
Y continuó corrigiendo la Pastoral.
De Pas tomó por el callejón arriba, desandando el camino; pero al llegar cerca de su casa se detuvo. No sabía qué hacer. La chartreuse o lo que fuera—¿¡si sería cognac!?—seguía molestándole y conocía ya él mismo que le olía mal la boca.
«Si se me acercase Glocester ahora, mañana todo Vetusta sabría que yo era un borracho...».
«¡No subo, no subo. Buena estará mi madre! Y yo no estoy para oír sermones ni aguantar pullas ni traducir reticencias.... ¡Hasta Teresa anda en ello! ¡Dos veces a palacio!... ¡El niño perdido.... Esto es insufrible!...».
El reloj de la catedral dio la hora con golpes lentos; primero, cuatro agudos, después otros graves, roncos, vibrantes.