—Napoleón... ¡ay que rediós! es un duro.
—¡Qué ha de ser!—¡No hay más cera!
—Te rompo... si no fueses tan mandria... te inflaba el morro... por farolero.
—¿Qué más da, si no es eso?—dijo la niña poniendo paces—. A ver el otro. ¿Na? ¿na?
—Natalia.... Tampoco. No acertó ninguno.
—Otra rueda.—¡Da señas, tísica!—escupió más que dijo el dictador.
Y abriendo las piernas y agachándose como dispuesto a correr detrás de los compañeros a latigazos, dio una vuelta al pañuelo alrededor de la mano y añadió:
—¡Da señas que se entiendan o te rompo el alma!
Y tiraba por el látigo como queriendo arrancarlo del poder de la madre.
—Señas... señas... ¿a que no aciertas?