La madre dio un grito de espantada. Creía que era su padre que venía a recogerla a bofetadas y a puntapiés como solía.

—Dime, hija mía... ¿has visto pasar dos coches?

—¿Para dónde?—contestó ella poniéndose en pie.

—Para arriba... uno con dos caballos y otro con cuatro con cascabeles... hace poco....

—No señor, me parece que no.... Espere usted, señor cura, a ver si esos... ¡A la oreja madre! ¡a la oreja madre!—gritó, y la bandada de mochuelos acudió al farol delante del Ratón. Al ver al Provisor, todos, menos el Rojo, le rodearon, descubriendo la cabeza, los que tenían gorra, y le besaron la mano por turno nada pacífico. Unos se limpiaron primeramente las narices y la boca; otros no.

—¿Habéis visto pasar dos coches para arriba?

—Sí.—No.—Dos.—Tres.—Para abajo.—Mentira, mainate... ¡si te inflo!... Para arriba, señor cura.

—Era una galera.—¡Un coche, farol!—Dos carros eran, mainate.—¡Te rompo!...—¡Te inflo!... El Magistral no pudo averiguar nada. Se inclinó a creer que habían pasado. Pero no dejó el paseo; continuó dando vueltas y limpiándose la mano besada por la chusma. Le molestaba mucho el pringue, y en el pilón de una de las fuentes se lavó un poco los dedos.

Los pilletes se dispersaron. Quedó solo don Fermín con un murciélago que volaba yendo y viniendo sobre su cabeza, casi tocándole con las alas diabólicas. También el murciélago llegó a molestarle, apenas pasaba volvíase, cada vez era más reducida la órbita de su vuelo.

«Deben de ser dos», pensó el Magistral, que cada vez que veía al animalucho encima sentía un poco de frío en las raíces del pelo.