—Pues no es eso. Otro.—¿Na? ¿na? Un niño flaco, pálido, casi desnudo, tomó la punta del pañuelo; le brillaban los ojos... le temblaba la voz... y mirando con miedo al de las naranjas, dijo muy quedo:

—¡Natillas!...—¡Zurriágame la melunga!—gritó entusiasmada la madre—, ¡castañas de catalunga! Y todos corrieron, mientras el vencedor iba detrás con piernas vacilantes, sin gran deseo de azotar a sus amigos, contento con el triunfo, pero sin deseos de venganza.

El Rojo no quería correr: protestaba.

—¡Rediós! ¿qué son natillas?—gritaba poniendo la mano delante de la cara, mientras tímidamente el Ratón le castigaba con simulacros de azotes.

Y añadía furioso el Rojo:

—¡Di: a la oreja! ¡tísica o te baldo!

—¡A la oreja! ¡a la oreja!

El Ratón se vio acosado por todos sus colegas que se le colgaron de las orejas.

¡Zurriágame la melunga!—volvió a gritar la madre, y los pillos se dispersaron otra vez.

En aquel momento el Magistral se acercó a la niña.