La Marquesa dijo después de caer el telón que ella no aguantaba más Tenorio.

—Yo me voy, hijos míos; no me gusta ver cementerios ni esqueletos; demasiado tiempo le queda a uno para eso. Adiós. Vosotros quedaos si queréis.... ¡Jesús! las once y media, no se acaba esto a las dos....

Ana, a quien explicó su esposo el argumento de la segunda parte del drama, prefirió llevar la impresión de la primera que la tenía encantada, y salió con la Marquesa y Mesía.

Edelmira se quedó con don Víctor y Paco.

—Yo llevaré a la niña y usted déjeme a ésa en casa, señora Marquesa—dijo Quintanar.

Mesía se despidió al dejar dentro del coche a las damas. Entonces apretó un poco la mano de Anita que la retiró asustada.

Don Álvaro se volvió al palco del Marqués a dar conversación a don Víctor. Eran panes prestados: Paco necesitaba que le distrajeran a Quintanar para quedarse como a solas con Edelmira; Mesía, que tantas veces había utilizado servicios análogos del Marquesito, fue a cumplir con su deber.

Además, siempre que se le ofrecía, aprovechaba la ocasión de estrechar su amistad con el simpático aragonés que había de ser su víctima, andando el tiempo, o poco había de poder él.

Con mil amores acogió Quintanar al buen mozo y le expuso sus ideas en punto a literatura dramática, concluyendo como siempre con su teoría del honor según se entendía en el siglo de oro, cuando el sol no se ponía en nuestros dominios.

—Mire usted—decía don Víctor, a quien ya escuchaba con interés don Álvaro—mire usted, yo ordinariamente soy muy pacífico. Nadie dirá que yo, ex-regente de Audiencia, que me jubilé casi por no firmar más sentencias de muerte, nadie dirá, repito que tengo ese punto de honor quisquilloso de nuestros antepasados, que los pollastres de ahí abajo llaman inverosímil; pues bien, seguro estoy, me lo da el corazón, de que si mi mujer—hipótesis absurda—me faltase... se lo tengo dicho a Tomás Crespo muchas veces... le daba una sangría suelta.