(—¡Animal!—pensó don Álvaro.)
—Y en cuanto a su cómplice... ¡oh! en cuanto a su cómplice.... Por de pronto yo manejo la espada y la pistola como un maestro; cuando era aficionado a representar en los teatros caseros—es decir cuando mi edad y posición social me permitían trabajar, porque la afición aún me dura—comprendiendo que era muy ridículo batirse mal en las tablas, tomé maestro de esgrima y dio la casualidad de que demostré en seguida grandes facultades para el arma blanca. Yo soy pacífico, es verdad, nunca me ha dado nadie motivo para hacerle un rasguño... pero figúrese usted... el día que.... Pues lo mismo y mucho más puedo decir de la pistola. Donde pongo el ojo... pues bien, como decía, al cómplice lo traspasaba; sí, prefiero esto; la pistola es del drama moderno, es prosaica; de modo que le mataría con arma blanca.... Pero voy a mi tesis.... Mi tesis era... ¿qué?... ¿usted recuerda?
Don Álvaro no recordaba, pero lo de matar al cómplice con arma blanca le había alarmado un poco.
Cuando Mesía ya cerca de las tres, de vuelta del Casino, trataba de llamar al sueño imaginando voluptuosas escenas de amor que se prometía convertir en realidad bien pronto, al lado de la Regenta, protagonista de ellas, vio de repente, y ya casi dormido, la figura vulgar y bonachona de don Víctor. Pero le vio entre los primeros disparates del ensueño, vestido de toga y birrete, con una espada en la mano. Era la espada de Perales en el Tenorio, de enormes gavilanes.
Anita no recordaba haber soñado aquella noche con don Álvaro. Durmió profundamente.
Al despertar, cerca de las diez, vio a su lado a Petra, la doncella rubia y taimada, que sonreía discretamente.
—Mucho he dormido, ¿por qué no me has despertado antes?
—Como la señorita pasó mala noche....
—¿Mala noche?... ¿yo?—Sí, hablaba alto, soñaba a gritos....
—¿Yo?—Sí, alguna pesadilla.—¿Y tú... me has oído desde?...