Una ráfaga de aire frío hizo temblar a la Regenta y arremolinó hojas secas a la entrada del cenador. El Magistral se puso en pie, como si le hubieran pinchado, y dijo con voz de susto:
—¡Caramba! debe de ser muy tarde. Nos hemos entretenido aquí charlando... charlando...
«No le haría gracia que don Víctor los encontrase a tales horas en el parque, dentro del cenador solos y a la luz de las estrellas...». Pero esto que pensó se guardó de decirlo. Salió de la glorieta hablando en voz alta, pero no muy alta, aparentando no temer al ruido, pero temiéndolo.
Ana salió tras él, ensimismada, sin acordarse de que había en el mundo maridos, ni días, ni noches, ni horas, ni sitios inconvenientes para hablar a solas con un hombre joven, guapo, robusto, aunque sea clérigo.
El Magistral, como equivocando el camino, se dirigió hacia la puerta del patio, aunque parecía lo natural subir por la escalera de la galería y pasar por las habitaciones de Quintanar.
En el patio estaba Petra, como un centinela, en el mismo sitio en que había recibido al Provisor.
—¿Ha venido el señor?—preguntó la Regenta.
—Sí, señora—respondió en voz baja la doncella—; está en su despacho.
—¿Quiere usted verle?—dijo Ana volviéndose al Magistral.
Don Fermín contestó:—Con mucho gusto...—¡Disimulan, disimulan conmigo!—, pensó Petra con rabia.