—Con mucho gusto... si no fuera tan tarde... debía estar a las ocho en palacio... y van a dar las ocho y media... no puedo detenerme... salúdele usted de mi parte.

—Como usted quiera.—Además, estará abismado en sus trabajos... no quiero distraerle... saldré por aquí... Buenas noches, señora, muy buenas noches.

—Disimulan—volvió a pensar Petra, mientras abría la puerta que conducía al zaguán.

Entonces, el Magistral se acercó a la Regenta y deprisa y en voz baja dijo:

—Se me había olvidado advertirle que... el lugar más a propósito para... verse... es en casa de doña Petronila. Ya hablaremos.

—Bien—contestó la Regenta.—Lo he pensado, es el mejor.—Sí, sí, tiene usted razón.

Subió Ana por la escalera principal y salió al portal don Fermín. En la puerta se detuvo, miró a Petra mientras se embozaba, y la vio con los ojos fijos en el suelo, con una llave grande en la mano, esperando a que pasara él para cerrar. Parecía la estatua del sigilo. De Pas la acarició con una palmadita familiar en el hombro y dijo sonriendo:

—Ya hace fresco, muchacha. Petra le miró cara a cara y sonrió con la mayor gracia que supo y sin perder su actitud humilde.

—¿Estás contenta con los señores?

—Doña Ana es un ángel.