—Ya lo creo. Adiós, hija mía, adiós; sube, sube, que aquí hay corrientes... y estás muy coloradilla... debes de tener calor....

—Salga usted, salga usted, y por mí no tema.

—Cierra ya, hija mía, puedes cerrar.

—No señor, si cierro no verá usted bien hasta llegar a la esquina....

—Muchas gracias... adiós, adiós.

—Buenas noches, D. Fermín. Esto lo dijo Petra muy bajo, sacando la cabeza fuera del portal, y cerró con gran cuidado de no hacer cualquier ruido.

«¡D. Fermín!» pensó el Magistral. «¿Por qué me llama esta D. Fermín? ¿Qué se habrá figurado? Mejor, mejor.... Sí, mejor. Conviene tenerla propicia como a la otra».

La otra era Teresina, su criada. Petra subió y se presentó en el tocador de doña Ana sin ser llamada.

—¿Qué quieres?—preguntó el ama, que se estaba embozando en su chal porque sentía mucho frío.

—El señor no me ha preguntado por la señora. Yo no le he dicho... que estaba aquí D. Fermín.