Cuando sintió ruido en la casa, llamó a gritos.
—¡Anselmo, Petra, Servanda, Petra!...
Apareció Petra con el cabello suelto, en chambra, y mal tapada con un mantón viejo del ama. Parecía la aurora de las doradas guedejas; pero Frígilis, mal humorado, se encaró con la aurora.
—Oye, tú, buena pécora, ¿qué demonio de obispo entra aquí por la noche a destrozarme las semillas?...
—¿Qué dice usted que no le entiendo?—contestó Petra desde el patio.
—Digo que ayer me retiré yo de la huerta cerca del obscurecer, que dejé allá dentro unas semillas envueltas en un papel... y ahora me encuentro la simiente revuelta con la tierra en el suelo, y sobre una butaca este guante de canónigo.... ¿Quién ha estado aquí de noche?
—¡De noche! Usted sueña, D. Tomás.
—¡Ira de Dios! De noche digo....
—A ver el guante...—Toma—contestó Frígilis, arrojando desde lejos la prenda....
—Pues... ¡está bueno! ja, ja, ja... buen canónigo te dé Dios.... Lo que entiende usted de modas, don Tomás.... ¿Pues no dice que es un guante de canónigo?...