—¿Pues de quién es?—De mi señora.... No ve usted la mano... qué chiquita... a no ser que haya canónigas también.
—¿Y se usan ahora guantes morados?
—Pues claro... con vestidos de cierto color....
Frígilis encogió los hombros.
—Pero mis semillas, mis semillas ¿quién me las ha echado a rodar?
—El gato, ¿qué duda tiene? el gatito pequeño, el moreno, el mismo que habrá llevado el guante a la glorieta... ¡es lo más urraca!...
En la pajarera de Quintanar cantó un jilguero.
—¡El gato! ¡El moreno!...—dijo Frígilis, moviendo la cabeza—qué gato... ni qué...
Una sonrisa seráfica iluminó su rostro de repente, y volviéndose a Petra, señaló a la galería:
—¡Es mi macho! ¡es mi macho! ¿oyes? estoy seguro... ¡es mi macho!... y tu amo que decía... que su canario... que iba a cantar primero... oyes... ¿oyes? es mi macho, se lo he prestado quince días para que lo viese vencer... ¡es mi macho!