La comisión insistió, conociendo en la cara de don Pompeyo que vencerían.

Foja presentó un argumento de mucha fuerza.

—Dice usted, señor don Pompeyo, que por su gusto vendría con nosotros, se restituiría al Casino.

—¡Con mil amores! Esa es la palabra... me restituiría....

—Que únicamente le retrae el juramento....

—Eso, el juramento solemne de no poner en mi vida allí los pies.

—¿Pero qué solemnidad ni qué castañuelas? y usted dispense que me exprese así. El que jura, pone a Dios por testigo; pero usted no cree en Dios... luego usted no puede jurar.

—Perfectamente—dijo Joaquinito Orgaz; de p y p y w y se puso en pie para hacer una pirueta flamenca.

Creía Joaquín que en casa de un ateo de profesión, de un loco, en otros términos, la buena crianza estaba de más.

Don Pompeyo se quedó mirando a Orgaz asombrado de su desfachatez, mientras consideraba el argumento de Foja.