—¡Admitido! ¡Aprobado!—Pues bien—prosiguió Juanito—; oh tú, Pompeyo, pomposo Pompeyo; voy a darte un disgusto. Tú piensas que en Vetusta no hay más ateos que tú...

—¡Caballerito!—Pues yo soy otro; anch'io... so pittore. Sólo que tú eres un ateo progresista, un ateo fanático, un teólogo patas arriba.... Tú pasas la vida mirando al cielo... pero lo miras cabeza abajo y por debajo de tus piernas. Y aunque hay contradicción aparente en eso de patas arriba y patas abajo... todo se concilia, o se resuelve la antinomia como dicen los filósofos cursis, considerando que el ser bípedo no es para todos....

—Caballerito... no comprendo esa jerga filosófica. Antes que usted naciera, estaba yo cansado de ser ateo, y si lo que usted se propone es insultar mis canas, y mi consecuencia....

—Decía que eres un teólogo patas arriba; pues sabe que en el mundo civilizado ya nadie habla de Dios ni para bien ni para mal. La cuestión de si hay Dios o no lo hay, no se resuelve... se disuelve. Tú no puedes entender esto, pero oye lo que te importa; tú, fanático de la negación, morirás en el seno de la Iglesia, del que nunca debiste haber salido. Amen dico vobis.

Y cayó Juanito debajo de la mesa.

A todos había indignado su discurso, menos a Mesía que extendiendo su mano hacia él, exclamó:

—¡Perdonadle... porque ha bebido mucho!

—Ese Juanito—decía el coronel a don Frutos el americano—me parece un gran pedante.

—Es un hambriento con más orgullo que don Rodrigo en la horca.

Se habló de religión otra vez. Don Frutos expuso sus creencias con una palabra aquí, otra allí, haciendo islas y continentes de vino tinto sobre el mantel y suplicando con los ojos que le terminasen las cláusulas.