Insistía don Frutos en que él sentía que su alma era inmortal: había otro mundo, además de las Américas, otro mundo mejor al cual iban las almas de los que no habían robado en las carreteras. Además Dios era misericordioso, hacía la vista gorda. Y por supuesto, quería don Frutos ir a ese mundo mejor con el recuerdo de la mala vida pasada, porque si no, ¡vaya una gracia!

—¿Para qué querrá don Frutos acordarse de lo bruto que ha sido sobre la haz de la tierra?—preguntaba Foja al oído de Orgaz hijo.

—¡Señores—gritó Joaquín—si en la otra vida no hay cante o es cante adulterado, renuncio al más allá!

Y dio un salto sobre la mesa agarrándose a una columna y comenzó un baile flamenco con perfección clásica. No faltaron jaleadores, y sonaban las palmas mientras cantaba el mediquillo con voz ronca y melancolía de chulo:

a coooosa
que maravilla mamá
ver al Frascueeeelo
la pantorriiiilla mamá...

Don Pompeyo sentía escalofríos. ¡Qué degradación! Meditaba y veía dos Orgaz hijo sobre la mesa.

—Me han embriagado con sus herejías... quiero decir... con sus blasfemias...—dijo al Marquesito, que callaba, pensando que todo aquello era muy soso sin mujeres.

Joaquín gritó:—Allá va una a la salud de don Pompeyo.

Y comenzó una copla impía y brutal alusiva a una sagrada imagen.

—¡Alto ahí, señor mío!—exclamó indignado el buen Guimarán al oír el penúltimo verso—. Mi salud no necesita de semejantes indecencias: y lo que ustedes hacen con tamañas blasfemias indecorosas es la causa, el caldo gordo del clero; porque tenga usted entendido, joven inexperto y procaz, que por el mundo han pasado muchas religiones positivas, y hoy se ha creído esto y mañana lo otro; pero de lo que nunca han prescindido los pueblos cultos, ni ahora, ni en la antigüedad, es de la buena crianza, y del respeto que nos debemos todos.