—Eso es lo de menos—dijo el maestro de la Fábrica—toda la tierra está consagrada por el trabajo del hombre.
—Y además en muriéndose uno....
—Más despacio, señores, más despacio—interrumpió Foja que no quería desperdiciar el arma que le ponían en las manos para atacar al Magistral—. Estas cosas no se pueden juzgar filosóficamente. Filosóficamente es claro que no le importa a uno que le entierren donde quiera. Pero ¿y la familia? ¿Y la sociedad? ¿Y la honra? Todos ustedes saben que el local destinado en nuestro cementerio municipal—y subrayó la palabra—a los cadáveres no católicos, digámoslo así...
Orgaz hijo sonrió.—Ya sé, joven, ya sé que he cometido un lapsus. Pero no sea usted tan material.
Aquel grupo de progresistas y socialistas serios miró en masa al mediquillo impertinente con desprecio.
Y dijo el socialista cristiano:—Aquí lo que sobra es la materia; la letra mata, caballero, y tengo dicho mil veces que lo que sobran en España son oradores....
—Pues usted no habla mal ni poco; acuérdese del club difunto, señor Parcerisa....
Y Orgaz hijo dio una palmadita en el hombro al de la fábrica.
Parcerisa sonrió satisfecho. La conversación se extravió. Se discutió si el Ayuntamiento disputaba o no con suficiente energía al Obispo la administración del cementerio.
En tanto subían y bajaban amigas y amigos, curas y legos que iban a ver al enfermo o a su hija. Don Pompeyo había hecho llevar a Celestina a su cuarto y allí recibía la beata a sus correligionarias y a los sacerdotes que venían a consolarla. Guimarán no dejaba entrar en la sala más que a los espíritus fuertes, o por lo menos, si no tan fuertes como él, que eso era difícil, partidarios de dejar a un moribundo «espirar en la confesión que le parezca, o sin religión alguna si lo considera conveniente».