—Dicen que dijo: «—¡El pan del cuerpo es el que yo necesito, que así me salve Dios muero de hambre!».

A Orgaz hijo se le escapó la risa, que procuró ahogar con el embozo de la capa.

—Sí, ríase usted, joven, que el caso es para bromas.

—Hombre, no me río del moribundo... me río de la gracia.

—Profundísima lección debía llamarla usted. Se muere de hambre, es un hecho; le dan una hostia consagrada, que yo respeto, que yo venero, pero no le dan un panecillo.—Así habló un maestro de escuela perseguido por su liberalismo... y por el hambre.

—Yo soy tan católico como el primero—dijo un maestro de la Fábrica Vieja, de larga perilla rizada y gris, socialista cristiano a su manera—soy tan católico como el primero, pero creo que al Magistral se le debería arrastrar hoy y colgarlo de ese farol, para que viese salir el entierro....

—La verdad es, señores—observó Foja—que si don Santos muere fuera del seno de la Iglesia, como un judío, se debe al señor Provisor.

—Es claro.—Evidente.—¿Quién lo duda?—Y diga usted, señor Foja, ¿no le enterrarán en sagrado, verdad?

—Eso creo: los cánones están sangrando; quiero decir que la Sinodal está terminante.—Y se puso algo colorado, porque no sabía si los cánones sangraban o no, ni si la Sinodal hablaba del caso.

—¡De modo que le van a enterrar como un perro!