—No, no, de ningún modo.... Un escalofrío... un temblor... ya pasó... esto no es nada.
—¿Tendrá usted un ataque?
—No... el ataque se presenta con otros síntomas... deje usted... deje usted. Esto es frío... humedad... nada.... Callaron. De Pas vio que Ana contenía el llanto que quería saltar a la cara.
—¿Qué sucede aquí? yo necesito saberlo todo, tengo derecho... creo que tengo derecho....
Ana cayó de rodillas a los pies de su hermano mayor, y sollozando pudo decir:
—Sí, todo, todo lo sabrá usted... pero aquí no, en la Iglesia.... Mañana... temprano....
—¡No, no, esta tarde!... El Magistral se puso de pie. Sin que lo viese ella, que tenía escondida la cabeza entre las manos, levantó los brazos y llevó los puños crispados a los ojos. Dio dos vueltas por el gabinete. Volvió a paso largo al lado de la Regenta que seguía de rodillas, sollozando y ahogando el llanto para que no sonase.
—Ahora, Ana, ahora es mejor... aquí... aún hay tiempo....
—Aquí no, no.... Ya es hora... va usted a llegar tarde....
—Pero ¿qué es esto... qué pasa? por caridad... señora... por compasión, Ana... no ve usted que tiemblo como una vara verde.... Yo no soy un juguete.... ¿Qué pasa... qué debo temer...? Ayer ese hombre estaba borracho... él y otros pasaron delante de mi casa... a las tres de la madrugada.... Orgaz le llamaba a gritos: «¡Álvaro! ¡Álvaro! aquí vive... tu rival... eso decía, tu rival...» ¡la calumnia ha llegado hasta ahí!...