Ana miró espantada al Provisor.... Parecía que no comprendía sus palabras....

—Sí, señora, les pesa de nuestra amistad, y quieren separarnos, y así podrán conseguirlo... echan lodo en medio... y se acabó...

Era la primera vez que el Magistral hablaba así. Jamás se habían acordado en sus conversaciones de aquel peligro, de aquella calumnia; él pensaba en ella, pero no convenía a sus planes decir a la Regenta: yo soy hombre, tú eres mujer, el mundo juzga con la malicia.... Pero ahora, sin poder contenerse, había dicho: tu rival, con fuerza... aunque aquellas palabras pudiesen asustar a la Regenta.

«Sí, sí, él también era hombre, podía ser rival, ¿por qué no?». No se conocía; se paseaba por el gabinete como una fiera en la jaula; comprendía que en aquel momento diría todo lo que le sugiriese la pasión exaltada, el amor propio herido.... Después le pesaría de haber hablado... pero no importaba, ahora quería desahogar. «¡Ay! no era el Fermín de antaño».

Ana se levantó, esperó a que el Magistral llegase en sus paseos al extremo del gabinete y dijo:

—No me ha comprendido usted.... Yo soy la que está sola... usted es el ingrato.... Su madre le querrá más que yo... pero no le debe tanto como yo.... Yo he jurado a Dios morir por usted si hacía falta.... El mundo entero le calumnia, le persigue... y yo aborrezco al mundo entero y me arrojo a los pies de usted a contarle mis secretos más hondos.... No sabía qué sacrificio podría hacer por usted.... Ahora ya lo sé... Usted me lo ha descubierto.... Hablan de mi honra... ¡miserables! yo no sospechaba que se pudiera hablar de eso... pero bueno, que hablen... yo no quiero separarme del mártir que persiguen con calumnias como a pedradas.... Quiero que las piedras que le hieran a usted me hieran a mí... yo he de estar a sus pies hasta la muerte.... ¡Ya sé para qué sirvo yo! ¡Ya sé para qué nací yo! Para esto.... Para estar a los pies del mártir que matan a calumnias....

—¡Silencio! Silencio, Anita... que vuelve esa señora....

El Magistral, que ahora estaba rojo, y tenía los pómulos como brasas, se acercó a la Regenta, le oprimió las manos y dijo ronco, estrangulado por la pasión:

—¡Ana, Ana!... Sin falta esta tarde.... Y ahora a la catedral... junto al altar de la Concepción... en frente del púlpito....

—Hasta la tarde; pero vaya usted tranquilo... casi todo lo que tenía que decir... está dicho....