—¡Pero ese hombre!...—De ese hombre... nada. La voz de doña Petronila se había oído cuando el Magistral avisó que llegaba. Hablaba desde lejos la señora de Rianzares, que decía:
—Allá va, allá va el señor Magistral, está en mi gabinete solo, repasando su sermón sin duda....
Y entró cuando Ana se volvía un poco para ocultar a su amigo la confusión que él hubiera leído en el rostro de ella, a no haber tenido que atender a doña Petronila que gritaba:
—Vamos, listo, listo... que le esperan... que creo que ha empezado la misa....
El Magistral desapareció por la puerta de la alcoba, por donde había entrado el ama de la casa.
Miró el gran Constantino a la Regenta y tomándole la cabeza con ambas manos la besó con estrépito en la frente; y después dijo:
—¡Pero qué hermosísima está hoy esta rosa de Jericó!
—¡A la catedral, a la catedral!—gritaron los del salón.
Y llegaron Ana y el obispo-madre al trascoro al mismo tiempo que De Pas subía con majestuoso paso al púlpito, donde Ripamilán cantara al comenzar el día el Evangelio de San Lucas.
Buscaron sitio al pie del altar de la Concepción.