—Desde aquí se ve perfectamente—dijo doña Petronila.
E inclinándose hacia Ana, añadió en voz baja y melosa:
—¡Mírele usted, está hoy lo que se llama hermosísimo ese apóstol de los gentiles! ¡Qué roquete! Parece de espuma.... En el nombre del Padre..., del Hijo... y del Espíritu.... Santo...
—XXIV—
—Pero, ¿y si él se empeña en que vaya?
—Es muy débil... si insistimos, cederá.
—¿Y si no cede, si se obstina?
—Pero, ¿por qué?—Porque... es así. No sé quién se lo ha metido por la cabeza, dice que le pongo en ridículo si no voy.... Y nos alude... habla del que tiene la culpa de esto... dice que él no es amo de su casa, que se la gobiernan desde fuera.... Y después, que la Marquesa está ya algo fría con nosotros por causa de tantos desaires... ¡qué sé yo!
—Bien, pues si todavía se obstina... entonces... tendremos que ir a ese baile dichoso. No hay que enfadarle. Al fin es quien es. Y el otro ¿anda con él? ¿Tan amigotes siempre?