—¿Por qué no ha de ser este año como los demás?—preguntaba Ronzal, que acababa de hacerse un frac en Madrid.
—Porque este año el Carnaval está muy desanimado por culpa de los Misioneros, por eso—respondía Foja, a quien había metido en la Junta directiva don Álvaro.
—La verdad es—dijo el presidente, Mesía—que nos exponemos a un desaire. La mayor parte de las señoritas comm'il faut están entregadas en cuerpo y alma a los jesuitas, creo que muchas traen cilicios debajo de la camisa.
—¡Qué horror!—exclamó don Víctor, que estaba presente, aunque no era de la Junta. (Pero por no separarse de Mesía.)
—Sí, señor, cilicios—corroboró Foja—. Amigo, el Magistral no puede tanto. No ha conseguido que sus hijas de confesión usen cilicios y otras invenciones diabólicas.
—Porque tampoco se lo ha propuesto—contestó Ronzal.
Don Álvaro observó que Quintanar se ponía colorado. Le había sabido mal la alusión de Foja. «Sí, aludía a su mujer al hablar del Magistral; con él iba la pulla».
—Lo cierto es—continuó el ex-alcalde—que nos exponemos a un desaire, como dice muy bien el presidente. La flor y nata de la conservaduría, que son las que animan esto, no vendrá; las conozco bien: ahora se divierten en jugar a las santas. Ahora son místicas... zurriagazo y tente tieso, ¡ja, ja, ja!
—A mí se me ocurre una cosa—dijo Mesía—. Exploremos el terreno. Hagamos que los socios que tienen relaciones con las familias distinguidas se enteren de si las niñas vienen o no. Si ellas asisten, las demás, las de reata, vendrán de fijo, malgré todos los jesuitas y padres descalzos del mundo.
—¡Magnífico! ¡Magnífico!