—Pues nada, a trabajar, a trabajar. Cada cual ofreció traer a quien pudiera.
Don Víctor, a quien otra pulla de Foja había picado mucho, no pudo menos de decir:
—Yo, señores... respondo de traer a mi mujer. Esa no baila pero hace bulto.
—¡Oh, gran adquisición!—dijo un socio—; si doña Ana viene, será un gran ejemplo, porque ella, hace tanto tiempo retirada... ¡oh! será un gran ejemplo.
—Efectivamente. Que se corra que viene la Regenta y se llenará esto con lo mejorcito.
—Señor Quintanar—dijo el ex-alcalde—se le declara a usted benemérito del Casino... si consigue traer a su señora la Regenta.
—Pues sí señor ¡que vendrá!... En mi casa, señor Foja, una ligera insinuación mía es un decreto sancionado....
Y don Víctor se fue a casa maldiciendo de la hora en que se le había ocurrido asistir a la Junta.
«¿Por qué habría ofrecido él lo que no había de cumplir?».
«Sin embargo, la palabra era palabra».