Ana se encontró sentada entre la Marquesa y don Álvaro. Enfrente don Víctor, un poco alegre, fingía enamorar a Visitación y recitaba versos de sus poetas adorados y repetía hasta parecer un martillo:

¿Qué delito cometí
para odiarme, ingrata fiera?
quiera Dios... pero no quiera
que te quiero más que a mí.

—Por Dios y por las once mil... cállese usted, Quintanar—decía la Marquesa.

Pero el otro continuaba, siempre declamando para su Visitación:

En fin, señora, me veo
sin mí, sin Dios y sin vos,
sin vos porque no os poseo...

Y Visitación le tapaba la boca con las manos.

—¡Escandaloso, escandaloso! gritaba.

Las de la Deuda Flotante sonreían y se miraban como diciéndose:—¡Buena sociedad la de la Marquesa!

El Marqués le decía en tanto al barón:

—¡Como estamos en confianza!...