—¡Oh, perfectamente, perfectamente!

Y buscaba el de la Barcaza una silla junto a una jamona aristócrata que estaba sola.

Paco tenía otra vez en Vetusta a su prima Edelmira y «le hacía el amor por todo lo alto», aunque a su madre no le gustaba, porque era feo engañar a una prima.

Joaquín Orgaz había prometido cantar por lo flamenco a los postres.

La cena era breve pero buena, platos fuertes, buen Burdeos, buena champaña; en fin, como decía el Marqués, primero mar y pimienta, después fantasía y alcohol.

Todos, las baronesas inclusive, se reían de los plebeyos que allá fuera seguían bailando y tenían que contentarse con los helados que se servían sobre las mesas de billar.

De vez en cuando daban golpes en la puerta por fuera.

—¿Quién está ahí?—gritaba Ronzal con su alabada energía.

—Mi abrigo... café con leche... tengo ahí dentro mi abrigo....

—Ja, ja, ja...—contestaban los de dentro.