Los que estaban furiosos eran los libre-pensadores que comían de carne en una fonda todos los viernes Santos.
«¡Aquel don Pompeyo les había desacreditado!
»¡Vaya un libre-pensador!
»¡Era un gallina! »¡Murió loco! »¡Le dieron hechizos! »¿Qué hechizos? Morfina.
»El clero, milagros del clero...
»Le convirtieron con opio... »La debilidad hace sola esos milagros...
»Sobre todo era un badulaque...».
El jueves Santo llegó con una noticia que había de hacer época en los anales de Vetusta, anales que por cierto escribía con gran cachaza un profesor del Instituto, autor también de unos comentarios acerca de la jota Aragonesa.
En casa de Vegallana la tal noticia estalló como una bomba. Volvía la Marquesa, toda de negro, de pedir en la mesa de Santa María con Visitación; volvía también Obdulia Fandiño que había pedido en San Pedro, a la hora en que visitaban los monumentos los oficiales de la guarnición; y todas aquellas señoras, en el gabinete de la Marquesa reunidas, escuchaban pasmadas lo que solemnemente decía el gran Constantino, doña Petronila Rianzares, que había recaudado veinte duros en la mesa de petitorio de San Isidro. Y decía el obispo-madre:
—Sí, señora Marquesa, no se haga usted cruces, Anita está resuelta a dar este gran ejemplo a la ciudad y al mundo....