—Pero Quintanar... no lo consentirá...

—Ya ha consentido... a regañadientes, por supuesto. Ana le ha hecho comprender que se trataba de un voto sagrado, y que impedirle cumplir su promesa sería un acto de despotismo que ella no perdonaría jamás....

—¿Y el pobre calzonazos dio su permiso?—dijo Visita, colorada de indignación—. ¡Qué maridos de la isla de San Balandrán!—añadió acordándose del suyo.

La Marquesa no acababa de santiguarse. «Aquello no era piedad, no era religión; era locura, simplemente locura. La devoción racional, ilustrada, de buen tono, era aquella otra, pedir para el Hospital a las corporaciones y particulares a las puertas del templo, regalar estandartes bordados a la parroquia; ¡pero vestirse de mamarracho y darse en espectáculo!...».

—¡Por Dios, Marquesa! Cualquiera que la oyera a usted la tomaría por una demagoga, por una Suñera.

—Pues yo, ¿qué he dicho?

—¿Pues le parece a usted poco? llamar mamarracho a una nazarena...

La Marquesa encogió los hombros y volvió a santiguarse. Obdulia tenía la boca seca y los ojos inflamados. Sentía una inmensa curiosidad y cierta envidia vaga...

«¡Ana iba a darse en espectáculo!» cierto, esa era la frase. ¿Qué más hubiera querido ella, la de Fandiño, que darse en espectáculo, que hacerse mirar y contemplar por toda Vetusta?

—¿Y el traje? ¿cómo es el traje? ¿sabe usted...?