—¿Quién había de ser? Santa Teresa... digo... no... el Paraguay.

—¿El Para...?—No, no es eso. No sé lo que me digo.... Quiero decir.... Señores, mi mujer está loca.... Yo creo que está loca.... Lo he dicho mil veces.... El caso es... que cuando yo creía tenerla dominada, cuando yo creía que el misticismo y el Provisor eran agua pasada que no movía molino... cuando yo no dudaba de mi poder discrecional en mi hogar... a lo mejor ¡zas! mi mujer me viene con la embajada de la procesión.

—Pero si en Vetusta jamás ha hecho eso nadie....

—Sí tal—dijo el Marqués—. Todos los años va en el entierro de Cristo, Vinagre, o sea don Belisario Zumarri, el maestro más sanguinario de Vetusta, vestido de nazareno y con una cruz a cuestas....

—Pero, Marqués, no compare usted a mi mujer con Vinagre.

—No, si yo no comparo...—Pero, señores, señores, digo yo—repetía doña Rufina—¿cuándo ha visto Ana que una señora fuese en el Entierro detrás de la urna con hábito, o lo que sea, de nazareno?...

—Sí, verlo, sí lo ha visto. Lo hemos visto en Zaragoza... por ejemplo. Pero yo no sé si aquellas eran señoras de verdad....

—Y además, no irían descalzas—dijo Obdulia.

—¡Descalzas! ¿y mi mujer va a ir descalza? ¡Ira de Dios! ¡eso sí que no!... ¡Pardiez!

Gran trabajo costó contener la indignación colérica de don Víctor. El cual, más calmado, se volvió a casa, y entre tener otra explicación con su señora o encerrarse en un significativo silencio, prefirió encerrarse en el silencio... y en el despacho.