—Pero, ¿cómo se le ha ocurrido... eso? ¿Dónde ha visto ella eso?...
—Por lo pronto, lo ha visto en Zaragoza y en otros pueblos de los muchos que ha recorrido.... Y aunque no lo hubiera visto, siempre sería meritorio exponerse a los sarcasmos de los impíos, y a las burlas disimuladas de los fariseos y de las fariseas... que fue justamente lo que hizo el Señor por nosotros pecadores.
—¡Descalza!—repetía asombrada Obdulia.—La envidia crecía en su pecho. «Oh, lo que es esto—pensaba—indudablemente tiene cachet. Sale de lo vulgar, es una boutade, es algo... de un buen tono superfino...».
El Marqués entró en aquel momento con don Víctor colgado del brazo.
Vegallana venía consolando al mísero Quintanar, que no ocultaba su tristeza, su decaimiento de ánimo.
Doña Petronila se despidió antes de que el atribulado ex-regente pudiera echarle el tanto de culpa que la correspondía en aquella aventura que él reputaba una desgracia.
—Vamos a ver, Quintanar—preguntó la Marquesa con verdadero interés y mucha curiosidad....
—Señora... mi querida Rufina... esto es... que como dice el poeta...
¡No podían vencerme... y me vencieron...!
—Déjese usted de versos, alma de Dios.... ¿Quién le ha metido a Ana eso en la cabeza?