Sintió escalofríos. En aquel instante la charanga del batallón que iba de escolta comenzó a repetir una marcha fúnebre.
Al pobre Quintanar se le escaparon dos lágrimas. Se le figuró al oír aquella música que estaba viudo, que aquello era el entierro de su mujer.
—Ánimo, don Víctor—le dijo Mesía volviéndose a él, y dejando el balcón—. Ya van lejos.
—No; no quiero verla otra vez. ¡Me hace daño!
—Ánimo.... Todo esto pasará...
Y apoyó Mesía una mano en el hombro del viejo.
El cual, agradecido, enternecido, se puso en pie; procuró ceñir con los brazos la espalda y el pecho del amigo, y exclamó con voz solemne y de sollozo:
—¡Lo juro por mi nombre honrado! ¡Antes que esto, prefiero verla en brazos de un amante!
—Sí, mil veces, sí—añadió—¡búsquenle un amante, sedúzcanmela; todo antes que verla en brazos del fanatismo!...
Y estrechó, con calor, la mano que don Álvaro le ofrecía.