La marcha fúnebre sonaba a los lejos. El chin, chin de los platillos, el rum rum del bombo servían de marco a las palabras grandilocuentes de Quintanar.
—¡Qué sería del hombre en estas tormentas de la vida, si la amistad no ofreciera al pobre náufrago una tabla donde apoyarse!
—¡Chin, chin, chin! ¡bom, bom, bom!—¡Sí, amigo mío! ¡Primero seducida que fanatizada!...
—Puede usted contar con mi firme amistad, don Víctor; para las ocasiones son los hombres....
—Ya lo sé, Mesía, ya lo sé... ¡Cierre usted el balcón, porque se me figura que tengo ese bombo maldito dentro de la cabeza!
—XXVII—
—¡Las diez! ¿Has oído? el reloj del comedor ha dado las diez.... ¿Te parece que subamos?...
—Espera un poco; espera que suene la hora en la catedral.
—¡En la catedral! ¿Pero se oye desde aquí, muchacha? ¿Se oye el reloj de la torre desde aquí?... Mira que es media legua larga....