—Mayo se despide con una espléndida noche—dijo Ana, apoyándose con fuerza en el brazo de su marido.
—Es verdad; hoy se acaba Mayo. Mañana Junio. Junio la caña en el puño. ¿Te gusta a ti pescar? El río Soto, ya sabes, ese que está ahí en pasando la Pumarada de Chusquin.
—Sí, ya sé... donde se bañan Obdulia y Visita algunos veranos antes de ir al mar.
—Justo, ese... pues el río Soto lleva truchas exquisitas, según me dijo el Marqués. ¿Quieres que escriba a Frígilis, que nos mande dos cañas con todos sus accesorios?
—Sí, sí, ¡magnífico! Pescaremos.
Don Víctor, satisfecho, sujetó mejor el brazo de su mujer que colgaba del suyo, y la tomó la mano como un tenor de ópera. Y cantó:
Lasciami, lasciami
oh lasciami partir...
Calló y se detuvo. Un rayo de luna le alumbraba las narices. Miró a su esposa, que también volvió el rostro hacia su marido.
—¿Te gustan los Hugonotes? ¿Te acuerdas? Qué mal los cantaba aquel tenor de Valladolid.... Pero oye... mira que idea... hermosa idea.... Figúrate aquí, en medio del Vivero, ahí, junto al estanque, figúrate a Gayarre o a Masini cantando... en esta noche tranquila, en este silencio... y nosotros aquí, debajo de esta bóveda... oyendo... oyendo.... Las óperas deberían cantarse así... ¿Qué nos falta a nosotros ahora? Música nada más que música.... El panorama hermoso... la brisa... el follaje... la luna... pues esto con acompañamiento de un buen cuarteto... y ¡el paraíso! Oh, los versos... los versos a veces no dicen tanto como el pentagrama. Estoy por la canción, por la poesía que se acompaña en efecto de la lira o de la forminge.... ¿Tú sabes lo que era la forminge, phorminx?
Ana sonrió y le explicó el instrumento griego a su buen esposo.